DISPARA
Su vida podía haber sido muy distinta. Como la de cualquier otra persona, en realidad, pero hacía bastante tiempo que le importaba más bien poco cualquier vida que no fuera la suya. Si no le hubieran despedido, estaba seguro de que no se habría convertido en el resentido furioso que era hoy. Continuó con el mismo ritual que llevaba repitiendo diecisiete años: a las 3 en punto de la madrugada del día 31, trepó hasta el segundo piso de un edificio vacío en los aledaños de la plaza, y allí empujó los ladrillos que, tramposamente, parecían tapiar una pequeña ventana. El edificio continuaba deteriorándose año tras año, pero nadie parecía tener intención de hacer nada al respecto. La suciedad y la humedad daban a aquel sitio aspecto de cadáver de una guerra cualquiera, un cadáver al que se deja descomponer con saña y desprecio. Sin pararse a pensar en tanta literatura, subió piso tras piso hasta llegar al último y, una vez allí, empujó la herrumbrosa trampilla, cada vez más oxidada, ...